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Maestro, Roberto Zapata, últimamnete se asiste a un enorme diversionismo ideológico, cargado de cinismo, capaz de confundir a quienes desconocen la historia.
Nos quieren hacer ceer que los partidos tradicionales no son los responsables de la tragedia que vive Honduras. Este país es producto del bipartidismo. El desastre se inicio con la patria del criollo, en la època colonial, y se acentúa con los gobiernos de los partidos oligárquicos, salvo algunos repuntes aisladoss de progreso, y que se cuentan con los dedos de una mano.
Mire, maestro, ahora resulta que el general de cerro, un tal "general" Carías, es un paladín por encima de Lempira, Morazán, Cabañas, Cinchonero, entre otros hondureños virtuosos. Estas son falacias que enferman el espíritu del hondureño, ofenden la inteligencia. Nos hacen creer que somos tontos. Así nos creen la oligarquía y sus intelectuales orgánicos.
Maestro, todos los hondureños que hoy no probarán una tortilla con sal, se debe al bipartidismo, con Carías y sus pupilos incluidos. En realidad, Honduras está cargada de antihéroes, de malvados, que tras bambalinas se ríen y frotan sus aceradas manos, cuando acarician el dinero que le robaron al Estado y al pueblo. Allí están, gozando de lo lindo, en sus apoltranados sillones traídos desde Miami, sin la impronta de la verguenza en la pestilente baba de su carrillos.
Para el carììsmo, es decir, pepimo, villedismo, rosuquismo, florismo, madurismo, elvincismo, y todos los ismos malditos creados por la podredumbre, es natural la pobreza que vivimos, es de origen divino, producto de la pereza de los hondureños. Pero esta cantaleta se les terminó, pues sus gobiernos espurios y la glotonería "empresarial" son los que destruyeron la patria y convirtieron en pauperrimos a màs de 6 millones de hondureños. Jamás podrán ocultar esta verdad sus intelectuales orgánicos, falseando la historia, sesgándola, por unos dólares más.
Hay días, maestro, en los que acudo a todos los matices de mi formación para que la indignación no me desborde, especialmente cuando leo y escucho al cinismo convertido en palabra, cuando observo en la calle de peatones a los ladrones de coello blanco, mostrando su desverguenza vestida de honradez. Aquí nadie puede ocultar la desverguenza, se desparrama desde la Lomas del Guijarro hasta cubrirlo todo. La destrucción de este país es producto de la desverguenza que corroe las entrañas de los partidos tradicionales, y de sus amos: la burgesía beduina y maquilera.
Son las tres de la mañana, maestro, observo a mis hijos durmiendo y me asalta la furia, pues me niego a herdarles este país, sumido en la anarquìa y en la deshonra. Me duele que vivan entre bandidos y saqueadores. Pobres, mis pequeños. Pero, mantengo la fe, la esperanza de que los hondureños nos levantaremos como un aluvión y derrotaremos a los padres del desastre y la inequidad; es decir, a los cariístas de los partidos tradicionales.
En lo que mi respecta, los caríista no me engañan, aunque se vistan, a veces, con los ropajes de la Resistencia, aunque adopten nuestro propio lenguaje. Jamás sus palabras mermarán mi conciencia, pues soy hijo de un perseguido, soy producto del mismo bandidaje que hoy oprime a los hondureños. Formo parte, sin embargo, de la legión de compartriotas que se debate en la incertidumbre, pero que no ha perdido la fe y, más temprano que tarde, la vieja utopía de una sociedad sin exclusiones, se convertira en realidad.
Maestro no habrá cariísmo trasnochado, y sus actuales caretas, que mate los sueños y la esperanza de los hondureños.
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